Proxima estación



Estábamos sentados, no juntos pero si cerca, compartíamos el mismo banco pero cada uno en una esquina, no nos conocíamos y por supuesto, jamás nos habíamos visto anteriormente, pero una extraña sensación de confianza y de satisfacción me recorría por todo el cuerpo.

No había miradas, no había gestos, tan solo algún movimiento nervioso sobre el asiento, que el reflejo del cristal que teníamos delante, se ocupaba de delatar. Entonces ella me miró durante unas centésimas y sonrió, no sé si con alevosía o con distracción, pero la devolví la sonrisa.

En ese preciso momento se puso de pie y se acercó a mí muy lentamente, contoneándose a sabiendas de que mi mirada no podía dejar de admirarla. Mis manos comenzaron a sudar y un extraño calor recorría todo mi cuerpo. La respiración se aceleraba, así como el latido del corazón, que me retumbaba tanto, que pensé que era posible escucharlo desde cualquier esquina.

Cuando de repente sonó una voz “Próxima estación Oporto”. La puerta del metro se abrió y ella salió.

Las puertas se cerraron y me la quedé con la palabra en la boca mirando a través del cristal. Mientras, el metro reanudaba la marcha lentamente y ella se me quedó mirando, sonrió maliciosamente, levantó la mano como para decir adiós, y asomó su dedo corazón apuntado hacia lo más alto del andén.

- Mierda… si en Oporto también me bajo yo